Retorno a Moria

Moria

Estamos en Mitilene, la hermosa capital de la isla de Lesbos. En un sitio seguro. La joven no se atreve a contar públicamente su experiencia en Moria, ni siquiera ocultando algunos datos y su nombre. Es una joven con formación universitaria que llegó a Lesbos y no ha conseguido aún salir del campo de Moria, tras largos meses. El trauma moral de Moria le obliga a salir discretamente de la reunión. Disimulamos que sabemos que ha salido para llorar. Vuelve al cabo de unos minutos e intentamos no incomodarla. Otro joven, también universitario, soportó Moria durante once meses y otro, también con estudios de postgrado, va desgranando el tormento que provoca esperar uno o dos años a tramitar la petición de la protección internacional, sobreviviendo en aquel inframundo.

No hay solución para el campo de Moria. Se trata de una instalación con capacidad para 2.500 personas y lacera el día que escribo estas líneas a 5.256 personas. En verano temen que vuelva a alcanzar picos de 9.000 personas. Las colas de la comida son de horas cada día. Un 34 por ciento de los que malviven aquí son niños y niñas. Y hoy ha sido uno de los mejores días que se recuerdan en Moria. Pues bien, el hacinamiento, la suciedad, la degradación es intolerable en su mejor día. Las mujeres solas están custodiadas en un sector que es peor que la peor prisión que puedan imaginar. Fuera del campo y de la vigilancia acampan hombres, mujeres y niños al aire libre porque el interior es tóxico, pero de noche, esas mujeres corren riesgos añadidos.

Cada sector está separado por alambradas y el centro donde se tramitan las solicitudes es un búnker protegido por un extra de seguridad. Es un centro de destrucción moral masiva.

He visitado los restos de varios campos de concentración a lo largo de mi vida, he conocido sus sistemas y la mayor diferencia de Moria con ellos es que no se les mata de hambre, no se les obliga a trabajos forzados y tienen ropa. Pero los inviernos son terribles, sin agua caliente, heladores y con la violencia latente de vivir degradándose en un gueto. No los matamos, pero los volvemos locos. Pocos de nosotros resistiríamos allí. La brutalidad que provoca el gueto es como un veneno que se abre paso en Moria y si así nos conviene -si queremos adormecer la conciencia- podremos decir que muchos de los que lo pueblan son unos indeseables.

Moria es consecuencia de la falta de un sistema de asilo internacional europeo, no culpa del gobierno griego. El paquete legislativo de asilo lo han bloqueado algunos estados, aunque el Parlamento europeo terminó hace años la legislación. Que se sepa.

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