Piatti, la excelencia en miniatura

Pablo Piatti

No hay deporte que admita tantas fisonomías como el fútbol y es muy posible que su popularidad parta de esta premisa: no existen requisitos físicos para ser una estrella. Si hablamos de tonelaje, la lista es amplia y los kilos inconfesables, de Puskas a Ghilas pasando por Molby o Higuaín. Si hablamos de estatura, Messi (1,69) es el mejor ejemplo y antes lo fue Maradona (1,66). Referidos a un equipo no hallaremos mejor modelo que la España del tiqui-taca. Sin embargo, en cada caso, parece existir un límite de talla que se fija en los alrededores del 1’70 y nunca más allá del 1,65.

Que el argentino Pablo Piatti (1,63) haya sido incluido entre los siete protagonistas de la primera vuelta de la Liga sirve para reivindicar una estirpe con la que no han terminado los cereales Kellogg’s: la de los gloriosos bajitos, la de los tipos que fueron diseñados para otra cosa y, sin embargo, encontraron acogida en el fútbol.

Piatti, enrolado desde el verano en el Espanyol, ha completado los primeros 19 partidos del campeonato con siete pases de gol, tantos como Toni Kroos, un cuerpo de 182 centímetros fabricado por la BMW. La comparación es insolente hasta que el balón se pone en juego. Entonces no hay distinciones. Conviene recordar que la pelota sólo levanta 70 centímetros del suelo.

Piatti, apodado unas veces El Duende y otras El Plumero por razones que no hace falta explicar, ha hecho algo más que sobrevivir en un entorno adverso. Lo ha vencido. Simeone, que es un entrenador de escasas concesiones poéticas, lo alistó para el primer equipo del Estudiantes de La Plata cuando el chico tenía 17 años; ganó el Torneo Apertura de 2006. Lo siguiente fue proclamarse campeón del mundo sub 20 con una selección argentina en la que también jugaban Romero, Mercado, Di María, Banega y Agüero.

Aunque se le comparó con los más grandes (no repetiremos las herejías), en cuanto llegó a Almería nos recordó de inmediato a Savio, aquel extremo zurdo de Flamengo, Real Madrid y Zaragoza (entre otros). Una zurda similar y un despliegue parecido. La diferencia es que la fragilidad del brasileño era cierta. Cada vez que no ajustaba el regate, la guadaña de un defensa le afeitaba las piernas. Piatti ha aprendido a protegerse de las segadoras, más atento a la asistencia que al gol y suficientemente ligero como para avanzar sin pisar la hierba.

En el Valencia sufrió el desfile de entrenadores y nuevas ocurrencias. Djukic le quitó el dorsal para dárselo a Dorlan Pabón (tres goles en 18 partidos y ahora en el Monterrey mexicano) y Nuno le devolvió el once y la confianza. Hasta le agilizó la renovación. Pero los técnicos siguieron desfilando y Piatti tuvo que marcharse cedido al Espanyol.

En Barcelona, ya cumplidos los 27, ha encontrado un equipo en reconstrucción con un entrenador, Quique Sánchez Flores, que le comprende. Quique, para quien no lo sepa, fue un lateral liviano, de vocación ofensiva y con huesos de caña fina. No pasaba del 1’75 pero cada vez que subía la banda crecía entre cinco y diez centímetros. Exactamente como le sucede a Piatti.

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