Messi y la teoría del bien y el mal

Messi

Usted, que se encuentra en el metro o en el autobús, ya tiene una opinión formada de lo que ocurrió en el clásico y lo que espera a lo largo del día es que no le toquen las certezas y que, a ser posible, le amplíen las sospechas. Sin embargo, y sin perderle de vista, quisiera dirigirme a quien llegará a este texto sin saber lo que sucedió en el clásico, por razones que ignoramos y que a un aficionado al fútbol nos parecerán forzosamente exóticas. Imagino, por ejemplo, a un viajero que aterrizó de madrugada, o a un erudito que vive en las afueras y pasó la noche releyendo a Tolstoi y que ahora afronta este artículo como leemos algunos las revistas del avión, cuando ya ha sido todo leído o cuando ya no se nos ocurre otra manera de distraer el aburrimiento. A ese par de personas me dirijo, y lo hago con la misma sonrisa que nos dedican los presidentes de las compañías aéreas antes de regalarnos un editorial que siempre esconde el mismo título: “No tiene usted escapatoria”.

De inicio, lo más conveniente es aclarar conceptos. Lo denominamos clásico por reciente influencia del fútbol argentino y por exigencia de la maquetación periodística. El tiempo de la post verdad es también el del eslogan y la abreviatura. El siguiente error es circunscribirlo al fútbol. Lo que se dirimía ayer no era sólo un título de Liga. Era una confrontación política, social y financiera, además de deportiva.

La ciencia económica también tiene influencia, especialmente en las alineaciones. Bale fue titular ayer porque es un activo que se deprecia en el banquillo y ese motivo engulle las consideraciones deportivas, incluso las médicas (fue sustituido en el 39’). Ser entrenador del Real Madrid obliga, en las noches de gala, a no dejarse un diamante en el joyero.

En el fondo hay algo de Tolstoi y de creación literaria. Entre el Real Madrid y el Barcelona se plantea una decisión esencial que se renueva cada cierto tiempo: quién acepta ser el malo de la película. El reparto de papeles nunca fue tan claro como en los tiempos de plomo de Mourinho, aunque diría que el club hizo su elección años antes. Con los fichajes de Silva o David Villa, se hubiera combatido al Barça con sus mismas armas, y no hablo sólo de combatir deportivamente, sino afectivamente. Es extraño, pero la Selección marcaba durante aquellos años un estilo que el Real Madrid prefirió no compartir.

Cuando la imagen del Barcelona comenzó a perder brillo (caso Neymar, adiós de Xavi, borderío de Luis Enrique), la de su eterno enemigo mejoró al instante. Digamos que el Madrid se liberó de la capa negra con evidentes y estimables resultados deportivos.

El arranque del clásico volvió a alterar los roles. Ese efecto tuvo el codazo de Marcelo a Messi que mereció la roja o la patada de Casemiro que le valió la tarjeta amarilla. Hasta entonces, y por lo visto en los primeros minutos (penalti a Cristiano incluido), lo sensato era imaginar una cómoda victoria del Real Madrid. A partir de ese momento, sin embargo, el Barcelona se movió con una convicción apabullante. Ya no jugaba para salvarse, sino para salvar el mundo.

El análisis no será completo sin destacar la absoluta influencia de Messi en los acontecimientos y sus consecuencias. Le llevó poco tiempo advertir que su ejército estaba perdido y bajar al mediocampo a reorganizar las tropas. Lo siguiente fue señalar a Casemiro como víctima. Había una metáfora en aquello: el más pequeño contra el más fuerte. También había mucho conocimiento del juego y no poca intuición. Casemiro es la única pieza no recambiable en la plantilla del Real Madrid. El brasileño, tal vez Messi lo presentía, marcó el primer gol del encuentro.

Si el Barcelona empató es porque se subió a lomos de su mejor jugador, del mejor jugador que existe. No es que Messi hubiera olido la sangre, es que era su propia sangre la que saboreaba y había despertado su instinto asesino. Su regate en carrera a Carvajal pareció el volantazo de un piloto adiestrado que elude a un peatón.

La segunda mitad nació como la primera: el anfitrión era mejor y el Bernabéu refulgía. Sin embargo, la determinación estaba del lado del Barcelona, que dio dos zancadas fundamentales: el zurdazo de Rakitic y la expulsión de Ramos por entrada a Messi. De nuevo el bien y el mal. Igualó James y el estadio soñó con la remontada, pero la historia acabó como quiso Messi por una razón básica: la novela la firmaba él.  

Todos los perfiles de Juanma Trueba

Sumate a la conversación