Juan Muñoz Martín: “Si ‘Fray Perico’ y ‘El pirata Garrapata’ han eclipsado a mis otros personajes, por algo será'”

Juan Muñoz Martín

Es uno de los escritores españoles más leídos, todo un autor de best sellers sin la menor duda. “No, no creo que tanto”, asegura con modestia  Juan Muñoz Martín, (Madrid, 1929), desde su piso en el distrito madrileño de Tetuán en el que ha transcurrido toda su vida. “Siempre me he movido por este barrio. Aquí al lado daba clases, en el colegio Jamer. Antes estaba el estadio del Atleti cerca y se escuchaban los goles mientras dábamos clases. Ahora, con los edificios tan altos, no se escucharía nada”.

El salón en el que nos recibe el maestro y escritor rebosa libros, historia y recuerdos. En las estanterías hay, por ejemplo, dos marionetas artesanas de Fray Perico y del pirata Garrapata; también una fotografía en la que se ve a un Juan Muñoz más joven cenando en compañía de unas turistas japonesas. “Usaban mis libros para aprender español y luego venían de viaje a España a conocer el monasterio de Salamanca en el que se inspiró el de Fray Perico”.

Nos dirigimos a un precioso escritorio que Joaquín, uno de sus cuatro hijos, nos explica que es una antigüedad procedente de un monasterio gaditano. Una pieza de mobiliario más que apropiada para el autor del fraile más entrañable de nuestras letras. Es obligado preguntar si es ahí dónde ha escrito sus libros. “Aquí y en todas partes. La inspiración es como las vacas, hay que ordeñarlas”, contesta sonriendo. Las risas son constantes en su conversación, dejando de manifiesto el sentido del humor que hizo desternillarse a tantos niños.

Hace exactamente cuarenta años que Fray Perico y su borrico obtuvo el premio Barco de Vapor, un año después de que la editorial SM diera a luz el que se considera el primer sello de libros infantiles de España, que comparte nombre con el premio. Las primeras andanzas de ese fraile salmantino siguen siendo el libro más vendido de la colección, con más de 60 reediciones.

Qué suerte tuvimos los niños de que ganara ese premio en 1979 y pudiéramos conocer a Fray Perico. 
Quién sabe, tal vez hubiera sido mejor que se lo hubieran dado a otro. (risas)

Ya antes, en 1966, había obtenido el premio Doncel de literatura infantil. Y en 1992 consiguió el primer Premio Complutense Cervantes Chico de Literatura Infantil y Juvenil. No ha dejado de recibir reconocimientos, el último hace poco en Tres Cantos. ¿Cuál destacaría?
El primer premio por Las tres piedras, que me lo dio Fraga Iribarne porque lo tenía que entregar el ministro de Información y Turismo. Un premio como ese te ayuda a darte a conocer, me abrió las puertas.  Entonces había pocos premios literarios, yo ya tenía bastante escrito y cuando surgió el premio me dije, “bueno, pues vamos a ver qué presento”. Recopilé tres narraciones, hice un prólogo y tuve suerte. Entonces yo estaba trabajando en un colegio y eso causó mucha conmoción.

¿Fue complicado lograr ver publicadas sus obras?
No, la verdad es que no fue difícil una vez conseguido ese primer premio. Las editoriales estaban ahí, buscando autores infantiles.

Tanto Fray Perico como El pirata Garrapata tuvieron muchas continuaciones. 
Garrapata por ejemplo llegó hasta la luna. Aunque ahora se dice que el hombre no llegó hasta allí. ¿Quién sabe? (más risas). En cualquier caso, para ir a la luna no hace falta más que leer mi libro.

O para ir a Japón o Egipto.
Pero eso está más cerca.

Garrapata fue mucho más viajero, pero usted también mandó a Fray Perico a la guerra y a la paz. 
Lo que se me ocurría. Me decía “a ver dónde puedo yo explayarme con el personaje”. Y algo surgía, claro. No pasé la guerra en Madrid de casualidad. El 16 de julio de 1936 nos habíamos ido a Ávila de vacaciones. Yo iba con mi padre por los pueblos con un cochecito; como él era militar y de intendencia, pues iba a requisar para las tropas, que algo tenían que comer. Recuerdo que tendría yo diez años, tal vez alguno más, cuando de repente se oyó un estruendo porque en Peñaranda de Bracamonte había estallado un polvorín y desde Ávila se veía la nube que subía hacia arriba.

Creo que su padre le tenía prohibido leer.
Era muy estricto, como buen militar; de derechas y muy religioso. Me decía “no pierdas tiempo con eso”. 

Pero sí que lograría leer a escondidas, cuando su padre no miraba.
Sí, claro que sí. Mi padre tenía una biblioteca que era muy sencilla. Todos los domingos había una separata en el diario que traía una historia del autor que fuera. Con ellos se estaba buscando precisamente eso, que se leyera, y era una manera muy bonita de hacerlo. Mi padre cogía esas hojas, las grapaba y ponía una cubierta de cartón para que perdurasen. Todavía venden esos libros por ahí, cada vez menos porque son una reliquia. Así que yo tenía allí unas 50 o 60 obras de los autores más famosos, españoles y extranjeros.

¿Cuáles eran sus autores favoritos?
Edgar Allan Poe. También Charles Dickens.

Es imposible pensar en sus libros y no recordar  las ilustraciones de Antonio Tello. ¿Cómo fue su relación? ¿Le dio alguna indicación para elaborarlas?
No, las hizo él con toda libertad. 

¿Y cómo es que luego se animaron a llevar El pirata Garrapata a cómic?
Fue una decisión de la editorial. Me pasé un verano entero haciendo el cómic, que es muy diferente a la narración.

¿Nunca le propusieron hacer una serie de dibujos animados?
No, estoy desanimado. Creo que se podía hacer perfectamente. Son unos personajes muy factibles de darles movimiento en todos los sentidos.

Ha creado más personajes como Baldomero el pistolero, el rey Sisebuto o el comisario Nazario. ¿No le da un poco una pena que el éxito de Fray Perico y el pirata Garrapata hayan podido eclipsarlos?
No. ¿Por qué? Es un concurso de personajes. Si Fray Perico y Garrapata han eclipsado a los otros, pues por algo será. Tal vez por las circunstancias que decía Ortega.

¿Cuál es su libro favorito de todos los que ha escrito?
Fray Perico. Se puede hacer teatro con él, hasta ópera.

Sus libros transmiten muchos valores positivos. ¿Es una obligación si se escriben libros infantiles?
Hombre, quieras o no yo era profesor.  Daba clases de latín y de lengua española. Y estuve en un seminario mucho tiempo. Había una de vocaciones tremenda entonces. Entré con diez años y a mi clase la llevaba don Ricardo Blanco Granda. Y dirás, ¿cómo te acuerdas tan bien? Pues porque nos llevaba muy bien a los más jóvenes, se hacía obedecer y querer. Allí te llevaban los padres porque tú lo habías querido, pero te habías encontrado con que era triste estar fuera de la familia. Estuve hasta primero de Filosofía. Iban quedando solo los que tenían una vocación a prueba de bomba.

Usted viene de una familia de maestros.
Mi abuelo era director de un grupo escolar. Y mi madre era maestra también. Estuvo enseñando en la calle Amaniel, en la única casa de aquellos tiempos que todavía perdura de esa calle.

Siguió siendo maestro siempre, mientras publicaba los libros.
Claro. Y se los explicaba a los alumnos. Les gustaban, se reían.

Estarían orgullosos de tener al autor de Fray Perico de maestro.
Orgullosos no sé, pero estaban contentos. Cuando gané el premio de Barco de Vapor, si llevé mil libros, al día siguiente no quedaba ninguno. Decían “mira, es del profesor, lo que nos hemos reído”.

¿Si tuviera que elegir con qué se quedaría, es escritor o maestro?
Escritor.

¿Cuándo escribía?
En todo momento. No te vas a acordar de las palabras al día siguiente si no te pones a plasmarlas. A lo mejor por la noche estás pensando, pero te tienes que poner a escribir. La inspiración no surge por las buenas. Te vas concentrando una vez estás escribiendo y borras y cortas y quitas. Otras veces sale tan espontáneo que es casi lo mejor que escribes. Lo que sí hay que tener es vocación, o cierta inclinación.

Creo que siempre escribía a mano.
Sí, yo no sé escribir a máquina. Escribía con bolígrafo.  Lo importante es la pluma, que decía Cervantes. Luego se los daba a la imprenta, que era mi mujer Maruja, porque es a máquina como tienes que pasárselos a la editorial. Le decía “mira, he escrito esto”.

¿Y ella le opinaba sobre las historias?
No, no se metía en eso.

Sé que su mujer murió hace año y medio, lo siento mucho.
El cáncer es una cosa tremenda. Digo yo que se llegará tal vez a acabar con él, como con todas las enfermedades.

Sus libros están traducidos al coreano, al ruso, al italiano… ¿Se imaginaba que iban a llegar tan lejos cuando los estaba escribiendo?
No. Era una satisfacción mía escribir relatos que a mí me agradaban. Para mí era muy agradable.

¿Alguna vez le han reconocido por la calle?
Que me digan “ese es Juan Muñoz”, pues no, la verdad. En las firmas de libros sí, eso es otra cosa.

¿Nunca se ha planteado escribir libros para adultos?
Yo creo que no hay edades cuando hay consistencia en las historias. Los de niños pueden servir para mayores. Los de mayores no sirven para niños, no los entienden.

Hay mucho versos en sus escritor, ¿es usted también un poeta?
No. Lo he intentado, pero no tengo esa vena.

¿Sigue escribiendo?
Sí, claro. Siempre estoy buscando bolígrafos.

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